Aunque ya hace más de 20 años que se está investigando sobre Inteligencia Emocional y es un tema de plena actualidad del que todo el mundo habla, no se puede afirmar que la práctica educativa se haya visto realmente afectada por esta propuesta.
La educación, tradicionalmente, se ha centrado en el desarrollo cognitivo y en la regulación conductual, olvidando de forma generalizada la dimensión emocional de los alumnos y alumnas, a pesar de incluir todos los centros en sus proyectos educativos la finalidad última de la formación integral de la persona. Esto es absolutamente contradictorio. ¿Cómo podemos pretender la formación integral del alumno olvidando su parte emocional y lo determinante de ésta en la formación de la personalidad?
Ha sido en estos últimos años, con el auge de disciplinas como la neurociencia, cuando los educadores, psicólogos y pedagogos han constatado que el auge pleno de la inteligencia exige también una dedicación especial y explícita a la parte emocional de la persona. Razón y emoción están íntimamente ligados. La emoción está a la base de factores atencionales, de los procesos de aprendizaje y memoria, y tienen un papel fundamental en la toma de decisiones. Investigaciones recientes demuestran cómo el entrenamiento en habilidades emocionales repercute de manera significativa en el rendimiento académico.
Paradójicamente, investigaciones recientes señalan que mientras cada generación de niños y niñas parece volverse “más inteligente”, sus capacidades emocionales y sociales parecen estar disminuyendo vertiginosamente.
Enseñar a los alumnos y alumnas a identificar, reconocer y controlar sus emociones debe ser uno de los objetivos en cualquier programación educativa. Es de vital importancia destacar que las habilidades emocionales no son cualidades innatas sino habilidades aprendidas y en consecuencia habilidades que se deben enseñar.
Ante esta obligación, tanto legal como moral, que tenemos el profesorado de trabajar la educación emocional en las aulas. ¿Cómo lo podemos hacer?

Begoña Ibarrola en su obra “Aprendizaje emocionante” enumera una serie de pautas para abordar el desarrollo de competencias emocionales en el ámbito escolar:
-
Partir de las vivencias, experiencias y conflictos
que suceden cotidianamente dentro y fuera del aula y que dan origen a la alegría, la tristeza, la rabia, los celos, la ternura, el miedo…
-
La expresión de emociones se debe propiciar
a través del cuerpo, el lenguaje oral, el dibujo, pintura, escultura, el juego, los cuentos, las dramatizaciones, la música, la danza…
-
Se ha de aprovechar cualquier situación que nos permita darle un tratamiento educativo
con el que los alumnos aprendan de forma directa y comprueben su efectividad
-
Se debe promover y dar espacio y tiempo al juego y al trabajo en grupos,
puesto que son actividades que promueven satisfacción emocional, confianza y seguridad, por lo que desempeñan un papel importante en el desarrollo afectivo-emocional de los alumnos
-
Se debe permitir a los alumnos expresar lo que sienten,
lo exterioricen, le pongan nombre, garantizando el respeto de los demás compañeros y compañeras del aula
-
Cuando sospechamos que un alumno somatiza problemas emocionales
se debe conversar con la familia y darle pautas adecuadas
-
No se ha de culpabilizar, reprimir, ni ridiculizar
a los alumnos cuando sientan rabia, angustia, miedo, celos, vergüenza…
-
No debemos abusar de programas estructurados para trabajar la educación emocional,
pues pierden la riqueza de la contextualización y de la oportunidad, pero sí debe de haber una guía que nos oriente y aporte directrices, sobre todo al orden que se debe seguir en el desarrollo de las competencias (respetando el nivel de desarrollo evolutivo), así como un sistema de evaluación eficaz